En un mismo año, mandamos dos expediciones al pequeño país andino.
La primera, formada por Aitor, Amaia y Txikuelo, partió de Gasteiz en agosto. Empezando en Quito, fueron bajando por la Panamericana, atravesando la avenida de los volcanes, para entrar a Perú, que era el objetivo principal.
La segunda, integrada por el Abuelo en solitario, tuvo lugar en octubre. Desde que leyera hace años "Buscando el Sur" un libro sobre un montañero canario que se pateó los Andes de Norte a Sur, esperaba impaciente la oportunidad de poder pasear por dicha cordillera con la motxila a la espalda. Aunque tan solo fuera por unas jornadas, la experiencia no defraudó en absoluto.
De paso, aproveché para tontear un poquillo con la altitud. Ese mismo año, por poco pierdo al hermano mayor por un mal de altura galopante en el Kilimanjaro. Había que recuperar el honor de la familia, así que me acerqué hasta Latacunga con intención de ascender Illiniza N.(5126m) y Cotopaxi (5897m), montañas donde ya se nota la falta de oxígeno pero que apenas tienen dificultad técnica.
Después de sufrir en la sierra, me dejé caer hacia la selva, con intención de alimentar a los hambrientos mosquitos ecuatorianos pero la falta de tiempo no me permitió adentrarme lo que hubiera querido. Cogí un autobús a Tena con intención de hacer un descenso en kayak por el Napo, pero al viajar en solitario, el precio se disparaba, así que me tuve que conformar con ver el río desde la orilla. Sentado en el puente de Puerto Mishaualli, descubro que desde aquí parten barcos hacia Iquitos en Perú. Pienso que no sería mala idea comprar un billete y una hamaca y navegar el Amazonas, desde aquí hasta la desembocadura en Belem do Para, pasando por Iquitos, Manaos... Al final se impone el lado responsable(acojonao) y en vez de barco, cojo el autobus hacia Quito. Desde allí vuelta a casa y a la rutina. Días después, cuando suena el despertador para ir al trabajo, me arrepiento seriamente de no haber subido en aquel barco.